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EL ALMACÉN Y LAS ROSAS ROJAS (CUENTO)

 


   Todos los días, mientras se dirigía al trabajo en su auto, Claudio veía parado en una esquina donde se encontraba un viejo almacén que se había cerrado varias décadas atrás a un hombre vestido con un traje gris y que en sus manos llevaba un gran ramo de rosas rojas que depositaba en el piso de la maltrecha persiana de entrada del local. Siempre a la misma hora, a las nueve de la mañana cumplía el ritual.

   Esta situación le extrañó de sobremanera a Claudio que cuando pasaba con su auto lo observaba detenidamente tratando de comprender porqué este hombre hacía eso.

   Cierto día, a Claudio lo pudo su  curiosidad y estacionó el auto cerca de donde se paraba el hombre y esperó a ver que ocurría después de que éste dejaba el ramo de rosas rojas.

   Transcurrieron un par de horas y el tipo seguía allí parado, mirando fijo hacia la nada.
   Finalmente Claudio se cansó de la situación y se alejó del lugar.

   Pasaron unos días, y en el mismo sitio donde el hombre del traje gris dejaba el ramo de rosas rojas vio a una hermosa mujer que lucía un trajecito un tanto antiguo, estaba bien maquillada y arreglada y parecía estar esperando impaciente a que alguien fuera por ella. La mujer observaba para uno y otro lado y taconeaba nerviosamente mientras su cara denostaba cierto enfado.

   Claudio detuvo su auto, lo estacionó  y se bajó para ir al encuentro de la mujer que al verlo lo reprendió

   -¡Baltazar!-le gritó-, le dije que me esperara en el auto.
 
   Claudio la observaba incrédulo y sorprendido hasta que salió de su conmoción y le respondió.

   -Señora, yo no soy quién usted cree, mi nombre es Claudio y...
   -¡No bromee Baltazar por favor! ¿Y su traje de chofer?, parece un andrajoso vestido así.
   -Señora-dijo él. le repito yo no soy...
   -¡Basta Baltazar!-lo retó ella-, sé lo que hace por mí y se lo agradezco, pero no me falte el respeto, vuelva al auto y espéreme allí.

   Claudio se alejó lentamente y volvió a sabir a su auto, la mujer dejó de mirarlo y comenzó a taconear de nuevo, quizás-pensó-, todo aquello era una farsa y estaban utilizándolo como una victima de alguna cámara oculta. Aceleró y se alejó de allí.

   Por un largo tiempo no volvió a pasar por la zona, sin embargo, Claudio seguía intrigado por todo lo que le había tocado vivir. No le comentó nada a nadie, ni siquiera a su esposa para evitarse una tomada de pelo por parte de ella, o, y lo que sería peor, que lo creyera loco.

   Pasaron unos meses y Claudio decidió pasarse por aquella esquina nuevamente. Para su sorpresa, ahora el hombre del traje gris y la mujer estaban juntos. Charlaban animadamente y decidiós acercarse a ellos que parecían no haber notado su presencia.

   Claudio observó a su alrededor y se dio cuenta que todo el entorno que los rodeaba había cambiado. Los autos eran antiguos, el almacén estaba abierto y con gente vestida de una época pasada que ingresaba y salía del negocio luego de realizar sus compras.

   En ese  momento sintió como si hubiese sido transportado al pasado y se asustó. Esto le produjo que casi se vaya de pique al suelo ya que comenzó a marearse aunque logró mantenerse en pie para observar lo que ocurría. De pronto, la mujer se acercó a él y le habló:

   -Era hora que llegara Baltazar, ¿que le pasó?-le preguntó un tanto enfadada.

    Claudio la observaba incrédulo.

   -¿Que sucede? ¿Le comieron la lengua los ratones?, prepare el auto debemos irnos en media hora-le ordenó.

    Claudio guardó silencio.
   
    -¿Baltazar usted se siente bien?

    Claudio sin mediar palabra se dio media vuelta y se fue rápidamente alejándose del lugar.

   Pasaron otros dos meses y Claudio se animó nuevamente a pasar por allí, esta vez todo parecía estar en orden aunque un detalle llamó su atención.

   En la puerta del viejo almacén que lucía como al principio, casi destruido por el abandono y el tiempo, con sus persianas oxidadas estaba el ramo de rosas rojas pero no el hombre de traje gris que había visto desde el principio ni aquella extraña mujer.

   Claudio se acercó lentamente y con un poco de temor por todo lo que había experimentado en los últimos tiempos levantó el ramo y de inmediato apareció ella otra vez y todo el lugar regresó a una época pasada. El almacen ahora estaba intacto, el hombre del traje gris se le paró detrás con cara de pocos amigos y lo increpó.

   -¿Pero que hace con las flores que le regalé a mi amada?
   -Déjelo tranquilo Dalmiro-intercedió ella-, yo se las di a Baltazar.
 
   Dalmiro, más tranquilo, le ofreció su brazo y ella lo tomó con gusto, los dos comenzaron a caminar hacia la otra esquina, pasaron por delante de una señora que barría las hojas caídas de los árboles y de dos chicos con pantalones cortos y peinados con gomina que jugaban con una pelota de trapo.

   -Esto no puede estar sucediendo-se dijo Claudio-, aquí tiene que haber alguna trampa de un gracioso.

   Comenzó entonces a recorrer el barrio y se percató de que lo que estaba viviendo era tan real que no había ninguna duda de que estaba ocurriendo.
   Dos chicas vestidas con trajecitos parecidos a los de la mujer del almacén pasaron tomadas del brazo ante él y le sonrieron picaramente, una de ella giró su cabeza y le guiñó un ojo. Claudio se alejó abrumado y se retiró raudamente.

   A la mañana siguiente ,decidió regresar al extraño barrio pero esta vez no fue con su auto. Se bajó del colectivo en una avenida cercana y fue caminando hasta el almacén. Vio nuevamente el ramo de rosas rojas depositado en la puerta que estaba con sus oxidadas persianas bajas, lo tomó y todo recobró nuevamente su esplendor de antaño pero esta vez no estaba la mujer, ni el hombre del traje gris, ni la señora barriendo las hojas, ni los niños con la pelota de trapo, ni las dos señoritas que le sonrieron al pasar delante suyo.

   Recorrió el lugar, golpeó algunas puertas, pero nadie salió. A lo lejos, vio que venía caminando un hombre parsimoniosamente y fue a su encuentro con desesperación, casi con la certeza de que ese tipo le explicaría todo lo que sucedía en ese extraño barrio.

   -Señor, buenas tardes-saludó.

   El hombre solo le hizo un gesto con su cabeza parecido a un saludo.

   -¿Me puede usted ayudar?
   -¿Que es lo que quiere?
   -Por lo que veo usted es del barrio.
   -No, no lo soy, solo estoy de paso por aquí.
   -¿En que año estamos?
   -¿Usted perdió la memoria?
   -No, no, es largo de explicar. ¿Me puede responder?
   -1944
   -No puede ser.
   -¿Se siente usted bien?-preguntó el hombre ahora un poco más complaciente.
   -Es que no soy de esta época.
   -¿Quiere usted que llame a alguien para que lo asista?
   -No, gracias.

   El tipo se encogió de hombros y siguió su camino, dobló en la esquina y desapareció. Claudio ya desesperado regresó a la puerta del almacén que estaba cerrado pero con sus persianas en perfecto estado pintadas de un gris plomizo. Depositó el ramo de rosas rojas en el piso esperando volver a su vida actual pero se dio cuenta que todo seguía igual.

   -De pronto, alguien le tocó el hombro y Claudio se dio vuelta asustado.

   Era el hombre del traje gris.

   -¿No trajo hoy a mi novia Baltazar? ¿Ella no va a venir?-le preguntó con desazón.

   Claudio guardó silencio sin entender lo que sucedía

   -¡Baltazar!-exclamó ahora el hombre del traje gris-, le hice una pregunta.
   -Yo no soy Baltazar-respondió Claudio secamente-, me llamo Claudio.
   -¿Claudio?, mi novia me dijo que usted era su chofer y se llamaba Baltazar.
   -Esto es una locura

   Claudio comenzó a caminar hacia la avenida por donde había ingresado al barrio pero se dio cuenta de que ahora en ese lugar se encontraba un gran arroyo.

   -¿Me estaré volviendo loco?-se preguntó en voz alta.
   -Yo le diré la verdad-le respondió de pronto una voz a sus espaldas.

   Al darse vuelta vio al hombre que unos momentos antes se había cruzado con él

   -Hable entonces, lo escucho.
   -En la mañana del 3 de Octubre de 1944 y en esta misma calle, venía circulando un auto que conducía Baltazar Gutierrez, lo acompañaba su patrona, la hija del empresario más poderoso del país. Adriana Rodriguez Puán. En la esquina donde está el almacen se produjo un tremendo choque de frente con un camión que yo conducía y fallecimos los tres en el acto. A partir de ese día, y todas las mañanas, su amante Dalmiro dejaba un ramo de rosas rojas, sus preferidas, en la puerta del negocio donde se produjo el siniestro.
   -Pero, ¿por que yo solo percibo esto? ¿qué me está ocurriendo?
   -¿En verdad usted no recuerda nada verdad?
   -No sé de qué me habla.
   -En su vida anterior usted fue Baltazar, el chofer que chocó conmigo aquella nefasta mañana.
   -Yo me llamo Claudio.
   -Baltazar se reencarnó en usted cuando nació, pero nunca pudo perdonarse que muriera su patrona en aquel accidente y por eso cuando pasó por primera vez por aquí tuvo la imperiosa necesidad de parar al ver como Dalmiro dejaba las flores.
   -Sigo sin entender nada.
   -Por alguna extraña razón, Baltazar está intentando de algún modo limpiar su alma, por eso viene hasta aquí, toma las flores, recuerda a su patrona y a su amante y luego se va para regresar tiempo después.
    -¡Yo no soy Baltazar!
    -Lo siento amigo, deberá aprender a convivir con ello hasta que pueda perdonarse.

   Dicho esto, el hombre se alejó y todo volvió al tiempo actual, Claudio regresó a su casa e investigó lo que había sucedido aquella mañana del 3 de octubre de 1944. Buscó información en internet y al ser el padre de aquella mujer un empresario poderoso de aquella época pronto halló lo que buscaba.

   Un diario de la época registró con lujo de detalles todo lo ocurrido esa mañana:

   "Cuando el vehículo que llevaba a la señora Adriana Rodriguez Puán tomó por la calle Bermudez se encontró de pronto con un camión que circulaba hacia la Avenida Juan B. Justo chocando los dos vehículos de frente. El Chofer de la millonaria cometió el error de circular en contramano por dicha arteria lo que provocó la tragedia. No hubo sobrevivientes. Un testigo que vio lo sucedido le contó esto a la policía cuando fue interrogado. Luego se descubrió que esta persona llamada Dalmiro Ordoñez Castro era amante de la hija del empresario más poderoso del país y que pactaron encontrarse todos los días en la esquina de Bermudez y Juan A. García, lejos de su barrio y el de su futuro esposo el abogado Carlos Andrés Peralta Tapia. Desde el accidente, y todos los días a la hora que se produjo, el hombre que siempre viste de traje gris como en aquella jornada del siniestro deposita un ramo de rosas rojas en la puerta del local, estas eran las favoritas de la señorita Rodriguez Puán"

   Claudio lloró en silencio durante varios minutos, luego se despidió de su esposa besándola en los labios y regresó a la esquina donde estaba el almacén. El ramo se encontraba en el piso, lo tomó y todo regresó al pasado. De pronto, Adriana se hizo presente y le habló:

   -Buenos días Baltazar.
   -Perdón señora-se anticipó Claudio-, fue mi culpa por meterme en esa calle en contramano.
   -Por fin has regresado-dijo ella-, ahora puedo decirte que no fue tu culpa, que todo lo que sucedió fue una fatalidad, y que si te metiste en contramano lo hiciste por que yo te estaba apurando para llegar en hora. No eres culpable de nada, ahora vuelve con tu mujer Claudio y vive una vida plena.

   Dicho esto, ella lo besó en la frente, le pidió que le entregara el ramo de rosas rojas y fue al encuentro de Dalmiro que la esperaba a unos pocos metros. Lo tomó del brazo y los dos se perdieron en una espesa niebla que apareció de la nada.

   Claudio  regresó a su casa, tiempo después se animó y volvió a pasar varias veces por aquella esquina pero nunca más vio el ramo de rosas rojas depositado en el piso, enfrente del ahora nuevamente destruido almacen de la calle Bermúdez y Juan A. García...

   Fin  

 

 
 
 
 
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