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MI AMIGA LA COMUNISTA (CUENTO)

 

 

   Mi amiga la comunista militaba desde adolescente en ese partido e intentó muchas veces convencerme de que sus ideas eran las más convenientes para el futuro del país. Mi amiga la comunista decía que el capitalismo y la derecha recalcitrante terminarían por destruir al mundo si todos no nos uníamos en un fin común para derrotarlos. Mi amiga la comunista tenía fotos del Che, de Fidel y hasta de Stalin en su cuarto.

   Yo estaba enamorado de mi amiga la comunista aunque cuando se lo confesé no me tomó en serio y solo largó como respuesta una carcajada. Mi amiga la comunista tenía sueños y entre ellos era el de viajar algún día a Cuba para conocer, según ella decía a su segunda patria. Mi amiga la comunista era muy hermosa, era de tez muy blanca y tenía una piel suave, su pelo era rojizo y sus ojos verdes, todo ese combo la convertían en una de las mujeres más bellas que yo haya visto en mi vida.

   Mi amiga la comunista un día mientras escuchábamos por enésima vez un disco de Silvio Rodriguez se desnudó por completo frente mí y me invitó a que le hiciera el amor. Les juro que fue una de las noche más maravillosa que tuve en mi vida, pero pocos días después y cuando yo creía que por fin nuestra relación se afianzaría, mi amiga la comunista conoció a Carloncho, un militante de su mismo partido, que pensaba igual que ella, que actuaba igual que ella, que era libre igual que ella,
y que la invitó a viajar por Latinoamérica con su moto como alguna vez lo había hecho el Che Guevara. Y mi amiga la comunista por obvias razones aceptó y se fue con él, y yo me quedé solo con el aroma de su cuerpo y esa mirada única que quedó guardada en mi mente desde aquella única vez que amanecimos después de la desenfrenada noche que vivimos.

   No volví a saber nada de mi amiga la comunista, aunque una vez alguien me dijo que desde hace muchos años residía en La Habana. Justo el lugar en donde ella soñaba vivir.

   Yo me recibí de contador público y si mi amiga la comunista se hubiese enterado de esto, de seguro hubiese intentado que yo no siga esa carrera capitalista. Llegué a ser el gerente de la sucursal de un banco y si mi amiga la comunista se hubiese enterado también de esto nunca más me hubiese hablado en su vida. Aunque hoy pienso que a ella le importó un bledo cuando se fue a buscar su destino detrás de ese Carloncho.

   Yo con el tiempo fui entendiendo a mi modo de ver las cosas que mi amiga la comunista tenía razón y que el capitalismo recalcitrante nos hundiría a todos. Entonces renuncié a mi empleo, dejé mi vida de burgués y me fui a recorrer Latinoamérica con los ahorros que junté durante más de diez años. Quizás fue una excusa para intentar encontrarla después de tantos años para decirle que aún la amaba con todo mi corazón.

   Recorrí kilómetros y kilómetros con una vieja combi que me regaló mi amigo Eugenio y tuve que parar varias veces y aceptar la solidaridad de mucha gente en el camino cuando se destruía alguna pieza mecánica o eléctrica del vehículo que me impedía avanzar. En esos momentos me sentía más comunista que nunca al igual que mi amiga la comunista al ver el apoyo de tantos compañeros.

  Tardé unos cuantos meses en llegar a la Havana y otro par de meses para intentar contactarla pero me fue prácticamente imposible dar con el paradero de mi amiga la comunista.

  Pero un día y cuando ya me estaba entregando a mi suerte, me contactó José Antonio, un amigo del tal Carloncho que los albergó en su casa durante un tiempo y me comentó que el tipo había fallecido en un accidente con su moto y que mi amiga la comunista se había marchado a los Estados Unidos. Mucho no le creí por que si había algo que ella odiaba con toda el alma era a los yankes por obvias razones.

   Sin embargo investigué más y lo que me había dicho el tal José Antonio era cierto, mi amiga la comunista se mudó a Texas y hacía allí viajé conduciendo mi maltrecha combi de comunista. No sabría decir cuantos kilómetros hice para llegar a ese estado ni tampoco como lo logré pasando numerosos controles que muchas veces casi me llevan a prisión y a la deportación, pero debo reconocer que tuve suerte y un día llegué al rancho de Tomas W. Stanford. Según me dijeron allí encontraría a mi amiga la comunista que quizás,-pensé-, estaría trabajando como servicio doméstico para el poderoso hacendado que tenía unos ochenta años.

   Pero para mi sorpresa y cuando por fin pude reencontrarme con mi amiga la comunista supe que todo en la vida cambia de acuerdo al momento en que uno vive. Ella, al verme no me reconoció de inmediato salvo por que le dije mi nombre. Mi amiga la comunista estaba muy cambiada, sus pechos eran más grandes, su piel ahora lucía de un tostado caribeño y su cara habia cambiado completamente gracias a las mágicas manos de un cirujano plástico.

   -¿Alberto sos vos?-preguntó ella muy sorprendida.
   -Si, si-respondi casi tartamudeando.
   -¿Pero qué haces acá?
   -Es una larga historia.
   -Estás tan distinto
   -Vos también
   -¿Estoy hermosa verdad?

   No contesté, solo me quedé observándola anodadado. Mi amiga la comunista se dio cuenta al instante y ensayo una especie de excusa.

   -Alberto, la vida nos lleva a cambiar de ideas y de rumbo.
   -Entiendo-respondí decepcionado- Me voy, chau
   -¿Ya te vas?, ¿no querés pasar y que charlemos un rato?, hace tanto que no sé de vos, del barrio, de mi Buenos Aires querido.
   -Parecés un tango-le dije con sorna.
   -¿Estás enojado conmigo?

   Me di la vuelta y me alejé sin responder, me subí a la combi y emprendí el camino de regreso. Estuve algunos días preso por el maldito capitalismo yankee que me detuvo en una de sus autopistas y no entendió que lo mío era libertad pura aunque tuve que aceptar la ayuda del consulado que logró meterme en un avión y así volví a Buenos Aires.

   Mi amiga la comunista ya no era lo que fue y yo tampoco, ahora pertenezco a un grupo piquetero de la Matanza. Soy más comuna que nunca y odio con toda mi alma a la derecha recalcitrante que gobierna este país.

   Pero en algo tengo que darle la razón a mi amiga la ex-comunista, la vida nos lleva a cambiar de ideas y de rumbo. Yo los cambié por ella y ella los cambió por un puñado de dólares de un hacendado Texano...



 


 
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